La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

*Biblioteca Virtual       *La Guerra en Fotos          *Museos       *Reliquias            *CONTACTO                              Por Mauricio Pelayo González

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

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19 de Mayo de 1879

 

LUNES 19.

Sumario. —Preparativos para el combate—En caso de abordaje.—Frente a Mollendo.—Remolque ala O'Higgins.—Viento en popa.

Alta mar, a la altura de Punta Pescadores, Mayo 19 de 1879.

Todo el día de hoy ha trascurrido sin incidente notable. En el Cochrane, que navega a la par con nosotros y a muy poca distancia a babor, se ve afanada a la tripulación en diversos trabajos preparatorios.

Desde a bordo de Blanco se oyen los martillazos y las voces de mando, mientras en este buque se aprestan también las armas y se prepara la gente para el caso de un abordaje.

Es de ver a los tripulantes, alegres y parleros, afanados cubierta en coser fajas y cinturones que les servirían de distintivo llegado el caso. Los que ya han terminado sus fajas limpian sus armas y afilan sus yataganes hasta dejarlos como navaja de barba.

Reina a bordo una animación y un entusiasmo festivo. Todos esos valientes marineros hablan del combate como de un día de holganza y de fandango, se riera de la muerte con un estoicismo verdaderamente espartano, y al oírlos cualquiera siente retemplado su ánimo e indomable su corazón.

En los demás buques se hacen idénticos aprestos, y en caso de lucha cuerpo a cuerpo estamos seguros de que re­sucitarían los grandes días de nuestras primeras campañas marítimas.

A las doce del día nos encontramos a la altura de Mollendo. Nuestra navegación se ha hecho muy lenta, a causa de los malditos calderos de las corbetas. Por fortuna el viento refrescó en la mañana, y entonces la O'Higgins y la Chacabuco largaron sus velas de gavia y pudieron sostener durante algunas horas un andar de siete millas.

Pero a las cuatro de la tarde puso señal la O'Higgins de que tenía averiadas dos calderas, y aunque entonces se le dio orden para largar todas sus velas, fue necesario que a las cinco y media le diera remolque la Magallanes, porque venía quedándose muy atrás. El andar general de la escuadra hubo de disminuir entonces a cinco millas por hora.

A las cinco de la tarde hizo alto la escuadra para esperar a la O'Higgins, y entonces la capitana arrió un bote en que el ayudante del estado mayor, señor García, se dirigió a cada uno de los buques de la escuadra llevando nue­vas instrucciones del almirante.

En el mismo bote se dirigió a la O'Higgins el inspector general de máquinas, señor Marazzi, con el objeto de apurar la reparación de los calderos de esa corbeta.

Nos hallamos como a 60 millas de la costa y a la una de la tarde se cambió el rumbo del O. al O. ¼ N. O. El agua rizada por un viento fresquito del Sur, ofrece aquí a las atónitas miradas del naves ante un color azul claro trasparente y cristalino, que encanta la mirada y hace abstraerse el espíritu en la contemplación de la inmensidad.

En la noche principió a arreciar el viento, y entonces hubo momento en que las corbetas nos adelantaron camino. Si sigue soplando Eolo nos evitará muchas contrariedades y disgustos.


 

 

 

 

 

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