La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

*Biblioteca Virtual       *La Guerra en Fotos          *Museos       *Reliquias            *CONTACTO                              Por Mauricio Pelayo González

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

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MANIFIESTO DEL SEÑOR DON NICOLÁS DE PIÉROLA A LO PUEBLOS DEL SUR


Al pisar de nuevo las orillas del Pacífico después de un año de ausencia marcado para nuestra historia política por las más abominables escenas, y para mi, más que para cualquier otro peruano, por dolores o indignación difíciles de expresar, he encontrado al Perú en presencia del grave conflicto ocurrido entre dos pueblos hermanos: Bolivia, del cual apenas nos separa el hecho puramente político de 1825, y que, por lo mismo, es aun hoy casi el Perú: y Chile., inmediato vecino, ligado a nosotros por todo género de estrechísimos vínculos, que confían al terrible recurso , de las armas la resolución de sus diferencias.
En semejante situación el Perú está llamado a una misión altísima, de interés fraternal y americano, de justicia y beneficio común y que nada que no sean los deberes de su posición y las más elevadas consideraciones ha de inspirar; misión tanto más alta y saludable, cuanto que no son sus propios intereses sino los de dos pueblos hermanos los comprometidos en la contienda.
Los que en el hecho tienen la representación política del Perú ¿sabrían a lo menos, en tales circunstancias, traerlos a la actitud que le corresponde y mantenerlo en ella como es debido? Era legítimo esperarlo.
Como quiera que fuese, de ellos no tenía y tiene que recibirla la República. Pero a todo buen ciudadano corresponde cooperar al acierto de semejante decisión, dejando imperar la calma de las serenas resoluciones de la justicia y el alto interés común suprimiendo, sobre todo, cuanto pudiera perturbada.
Por sobre todas las diferencias interiores, ayer, como hoy, y como mañana estarán siempre para nosotros la dignidad y política exterior del Perú. Toda queja debía, pues,
debía ser ahogada, aplazado el ejercicio de nuestros derechos domésticos conculcados, para quitar a los que gobiernan todo cuidado, toda preocupación interior, todo móvil ahora secundario, para dar al Perú la completa unidad de acción que le es indispensable fuera.
Desembarazar por entero esta acción, apartar todo obstáculo para el acierto, era el consejo del patriotismo. Cuanto más hondo era el divorcio entre el pueblo y sus actuales gerentes, tanto más premioso era hacerle sentir con nuestra conducta que le dejábamos la más absoluta libertad de obrar, que solo le pedíamos volver los ojos al exterior e inspirarse solo en la justicia y en las altísimas conveniencias de un gran pueblo.
Difícilmente, podría presentarse situación interior en que silencio y el aplazamiento fueran más costosos para el patriotismo. Era preciso, no obstante, imponer, por decirlo así al Gobierno con nuestro duro sacrificio la pureza y grandiosidad de miras que la situación le reclama.
No hemos trepidado un instante en hacerlo así, y ni una sola voz de queja se ha escapado a nuestros labios.
Con relación al conflicto mismo, era bueno no exponerse a dividir la unidad nacional, contrariando acaso con una palabra pública la senda en que se hubiese comprometido ya el Gobierno. Mas al paso que, obedeciendo a tal consideración la silenciábamos (con sorpresa de algunos de los nuestros mismos) me apresuré yo a hacer saber al Gobierno, por medio de su Plenipotenciario en Santiago, cual era a mi juicio la línea de conducta que convenía al Perú, .y nuestra resolución de apoyarle en la acción exterior que juzgase oportuno adoptar en servicio de los grandes intereses nacionales.
Tal ha sido nuestra manera de proceder, y continuará observándola yo por entero, si no fuese poner en guarda a los buenos ciudadanos contra la culpable tarea interior a que estamos asistiendo un mes ha.
Mientras el Perú llena en el extranjero una misión de concordia y de paz, ambiciosos vulgares, traficantes conocidos y anatematizados por el sentimiento público, se esfuerzan por levantar en el pueblo pasiones de guerra e incendios de odio, para explotar en provecho suyo la situación que éstos traigan y sacar partidos de los generosos trasportes del sentimiento nacional.
Están resueltos a empujarnos a la guerra, no en el interés del Perú, menos aun en el de Bolivia, sino en interés personal y propio; y como ayer no más lo fue para ellos el combate de Pacocha, el conflicto chileno-boliviano es hoy para ellos mismos campo de explotación Política, sin que falten gentes bien intencionadas que se dejen arrastrar en esa senda.
Como si para el doloroso caso de hallarse comprometido por cualquier motivo nuestro pabellón, el pueblo peruano no estuviese dispuesto a toda hora a sucumbir por defenderlo, sin averiguar cómo ni por qué caminos se hubiese llegado a tal extremo; como si para ello necesitase de insensatos estímulos de guerra, y pudiesen ser éstos tolerables al propio tiempo que negociamos la paz entre los amigos; como si, finalmente, no estuviese viva la culpable historia de los agitadores en Mayo y Junio de 1877 y en los dos años últimos, y no hubiese ésta revelado al Perú lo que vale para ellos el honor y la independencia de la patria!
Sería injusto descargar sobre todo un círculo político de responsabilidad de tan condenables propósitos. No son, no pueden ser extensivos al mayor número de los que se llaman civilistas, pero es de entre ellos de donde vienen tales maniobras y deben ser ellos los primeros en conjurarlas.
En todo caso es menester que el pueblo abra los ojos y esté prevenido contra la culpable tarea de quienes no se detienen ni ante la suerte de tres pueblos.
Tenemos fe en la paz provechosa para todos. La deseamos ardientemente.
Si a la guerra se nos condujese, sin embargo, iremos a ella pero con dolor, pero con una sola preocupación, el respeto de nuestro nombre entre los pueblos, y el triunfo de nuestras armas, sin economizar para ello vida ni esfuerzo alguno.
Entre tanto, ha desaparecido para nosotros toda división, toda lucha interior. Estamos cumpliendo hoy en Bolivia, como en Chile, una misión fraternal y fecunda, toda tentativa de trastorno interior, como todo incentivo que se oponga a esta es un atentado contra el Perú y contra la América.
 

Valparaíso, Marzo 21 de 1879.
 

N. DE PIEROLA

 

 

 

 

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