La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

*Biblioteca Virtual       *La Guerra en Fotos          *Museos       *Reliquias            *CONTACTO                              Por Mauricio Pelayo González

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

     Condecoraciones

 

 

 

 

 

Han transcurrido más de tres años de una guerra que poco a poco ha mermado la capacidad de asombro en la historia de Chile y Perú. Todas las tentativas de paz entre ambos países han fracasado y no se vislumbra un fin cercano. La mayoría de los regimientos chilenos volvieron a su patria luego de llegar a Lima creyendo que la Guerra estaba pronta a finalizar. Solo quedaron pequeños batallones, que como única misión, tenían que acabar con la resistencia peruana en guarnición en la sierra. Trabajo que se creyó fácil en un comienzo, pero que con el tiempo demostró lo equivocado que estaban los altos mandos chilenos. Andrés Cáceres, el último caudillo peruano, no se rendiría fácilmente y se encargaría por mucho tiempo más en hostilizar a las guarniciones chilenas, que pasaron a llamarse los Batallones Olvidados, por el abandono en que los dejó su país.

Ya no era Chile contra el Perú. Se comenzaban a unir a las tropas de este último país los indígenas que habitaban los sitios precordilleranos y cordilleranos del Perú, llamado Sierra, que aunque no se consideraban como nacionales de este país, unos convencidos por el General Cáceres, oriundo de esas tierras, otros en forma obligada por su ejercito y por último por  los abusos que fueron víctimas por la División chilena al mando del Teniente Coronel don Ambrosio Letelier que había azotado sus pueblos y abusado de sus tierras y familias. Todos esos hechos comenzaron a fortalecer la resistencia peruana, la cual crecía día a día con millares de indígenas, que no defendían al Perú propiamente tal, sino a sus familias y tierras.

En los primeros meses de l año de 1882 hubo varios intentos por acabar con la resistencia peruana, pero cada uno de ellos fracasó rotundamente. La falta de recursos para sus soldados, que no contaban con lo mínimo para sobrevivir, obligándolos a recurrir a lo que pudieran encontrar en cada poblado que habitaban para su alimentación y obligando a dichos lugareños a pagar un cupo d guerra para la mantención de las tropas, comenzó poco a poco a levantar el ánimo indígena contra Chile, y aunque tenían órdenes desde Lima de tratar amigablemente a los indígenas para evitar se unieran a Cáceres, la necesidad, el hambre y en algunos casos la ambición, fueron más fuertes, creando así ellos mismo uno de los enemigos más sanguinarios que enfrentarían.

 Cada día que transcurría  menguaba más al Ejército chileno, victima de las distintas enfermedades que contraían los soldaos. El Tifus era el más mortal enemigo para las guarniciones que ocupaban los distintos poblados, y aunque existieron pequeños enfrentamientos contra las fuerzas peruanas, las pérdidas por enfermedad eran inmensamente superiores. El alto mando chileno estaba alarmado, y pedía diariamente a las autoridades chilenas la orden para abandonar la sierra, pero el Gobierno chileno restaba importancia a las noticias. Era muy fácil para ellos, sentados en sus escritorios a miles de kilómetros de la Guerra, decidir que aún no era tiempo, que eran noticias infundadas y que los soldados chilenos serían capaces de soportar esas penurias y muchas más.

No se daban cuenta del real estado de las tropas, muchos de los cuales, con sus uniformes andrajosos y con hojotas, hechas con los restos de sus botas, debían soportar las fiebres, el frío y el hambre. Muchos soldados vieron como última alternativa el desertar.

La situación llegó a ser insostenible para los chilenos, lo que obligó al Coronel Del Canto, jefe de la División chilena, partir a Lima para solicitar personalmente la orden de retirada. Los hechos relatados por este al General Lynch causaron alarma. Las tropas necesitaban nuevos uniformes y carecían de mantas que les proporcionaran el abrigo necesario, para las continuas lluvias y nevadas que debían soportar. Muchos estaban muriendo congelados.

Los hospitales sanitariamente eran poco aptos, pues las medicinas escaseaban y los practicantes no daban abasto para la cantidad de enfermos, que caían victima de Tifus y Viruela.

Solo luego del envío de un medico de confianza del ministro chileno Novoa, el cual le corroboró y aumentó todo lo que había narrado Del Canto, fue autorizada la orden de evacuar la Sierra por las tropas chilenas.

En un principio, solamente debía acortarse la línea de ocupación, partiendo por la evacuación de Huancayo, que era el cuartel General chileno.

Dicha noticia, que trato de mantenerse en completo secreto, no tardo en llegar a oídos de General peruano Andrés A. Cáceres, quien vio en esto una oportunidad  de exterminar las guarniciones chilenas, empezando a crear un plan de ataque contra sus enemigos.

A fines de junio el cuartel peruano estaba apostado en el pueblo de Izcuchaca, ubicado al sur de Huancayo. Cáceres planeaba encerrar a los chilenos en su retirada, evitando así que se juntaran las distintas guarniciones y cortando toda posibilidad de comunicación con Lima, para lo cual, envía al Coronel Máximo Tafur hacia el norte al poblado de Oroya, destruir la guarnición existente en el lugar y cortar el puente, para así evitar cualquier vía de escape del enemigo.

Da órdenes al Coronel Juan Gastó se dirigiera con la División Vanguardia, que estaba compuesta por los Batallones Pucará N º 4, América y las columnas Libres de Ayacucho hasta el pueblo de Comas donde se le unirían las Montoneras del lugar que estaban comandadas por Ambrosio Salazar. Una vez reunidos, debería exterminar la guarnición chilena apostada en el lugar, que solo constaba de un puñado de hombres.

Mientras el General Cáceres con el resto de sus tropas caería sobre la 4º Compañía del Batallón Santiago apostada en Marcavalle.

Todo estaba preparado, el ataque debía comenzar en la madrugada del día domingo 9 de julio de 1882, en las tres destinaciones al mismo tiempo, para así evitar que las tropas chilenas se refuercen, ya que estas, comenzaban su marcha el mismo día.

El primero en atacar fue la División comandada por el General Cáceres, cayendo sobre los chilenos en Marcavalle a las 5 A. M. del día estipulado.

Mientras tanto en el poblado de Concepción, ubicado a 24 kilómetros al norte  de Huancayo, la guarnición chilena compuesta por 73 soldados y cuatro oficiales al mando del Teniente Ignacio Carrera Pinto, acompañados por tres cantineras, mujeres que seguían a los soldados, una de las cuales estaba en un avanzado estado de embarazo y un pequeño niño de cinco años, arreglaban sus pertenencias para partir, ya que en cualquier momento debería pasar el grueso del Ejército a recogerlos, como se lo había comunicado el Coronel Estanislao del Canto el día anterior.

El Teniente Ignacio Carrera Pinto era un jefe que había demostrado serenidad y valor en la batalla de Tacna, en la cual participó como subteniente del Regimiento Esmeralda y en las Batallas de Chorrillos y Miraflores, donde actuó como secretario de Comandante del Regimiento Chacabuco 6º de Línea, al cual había sido asignado. Siempre llevó con orgullo el legado que le dejara su abuelo José Miguel Carrera Verdugo, uno de los principales Héroes de la Independencia de Chile.

Al amanecer el subteniente Arturo Pérez Canto, segundo al mando, ordena formar la tropa para pasar lista, siendo esta una acción rutinaria. Se cuentan en la fila a 65 hombres, incluidos los oficiales. Los once restantes se encontraban en la improvisada enfermería victimas de tercianas y altas fiebres.

Le llama la atención al Teniente Carrera Pinto el silencio que cubre el pueblo esa mañana. Muchos de los residentes no se encontraban en el lugar como de costumbre, pero atribuyó todo esto a que esa gente era muy creyente y como era día domingo habían dirigido sus pasos hacia el templo de Santa Rosa de Ocopa para escuchar misa.

Nada le hacía presagiar que los enemigos ya los observaban.

La mañana transcurrió en completa normalidad para los chilenos, mientras las fuerzas del Coronel Gastó se incrementaban con las montoneras de Comas y se aprestaba a atacar a la compañía del Chacabuco en Concepción.

De pronto se comienza a escuchar los gritos de los vigías chilenos que anunciaban la presencia de las tropas enemigas. Cientos de hombres se descolgaban desde los cerros con destino al poblado. El grito de alarma hizo al Teniente Carrera Pinto reunir a sus hombres, acudiendo también los soldados enfermos, entre los cuales se encontraba el subteniente Julio Montt. Estos al ser reprendidos por el jefe de la guarnición por haberse levantado, se justifican diciendo que no podían quedarse acostados mientras sus compañeros se enfrentaban al enemigo, y que preferían morir en combate que ser  muertos en su lecho de enfermos. Carrera Pinto, comprendiendo que sus argumentos eran válidos, les ordena mantenerse atrás de la tropa como reserva. Eran las 14.30 horas.

Gastó envía un parlamentario para hablar con el jefe de la guarnición chilena, exigiéndole rendición, para evitar así una masacre segura, ofreciéndole a cambio todas las garantías de salvar sus vidas. El Teniente chileno no se demoró en responder negativamente a la propuesta. Pelearían hasta morir o en el mejor de los casos hasta la llegada de las tropas que debían pasar a recogerlos ese mismo día. Esas mismas tropas que habían acudido en defensa de la guarnición apostada en Marcavalle esa mañana, las mismas que atrasarían un día su partida, las mismas que no llegarían a tiempo.

La primera orden fue para un sargento y dos soldados. Debían apurar el paso y tratar de llegar a Huancayo en busca de refuerzos, pues sabía que sería una lucha imposible frente a un enemigo inmensamente superior en número. Poco duró esa esperanza, pues dichos hombres cayeron acribillados antes de salir del poblado, siendo luego de muertos rodeados por los indígenas y descuartizados, para luego pasar a adornar las puntas de sus lanzas con los restos de sus cuerpos. La guerra tomaba ribetes salvajes.

No había muchas alternativas para proceder, por lo cual Carrera Pinto divide a sus hombres enviándolos a los cuatro costados de la plaza para tratar de evitar así la entrada en masa del enemigo. Al comienzo dio resultado, las descargas de los fusiles daban en el fácil blanco que dejaban las montoneras que atacaban desordenadamente. Los chilenos alternaban la carga de bayoneta y los disparos para ahorrar munición. Una hora pudieron sostener el salvaje avance enemigo, siendo obligados por el constante empuje a volver al cuartel.

Se repitieran una tras otras las cargas de las montoneras enemigas, la misma cantidad de veces fuero obligadas a retroceder.

El Coronel Gastó, preocupado por la posibilidad de la llegada del resto del Ejército enemigo desde Huancayo, ordena a algunos de sus hombres ocupen los puestos de vigía en el Cerro León y que no dejarán sin vigilancia ni por un segundo el camino de Huancayo.

Mucho se ha alargado el combate, el Coronel peruano jamás se imaginó tamaña resistencia. Eran alrededor de las 19:00 horas cuando ordena un alto al fuego. Debía idear una forma de hacerlos salir del cuartel.

Ese repentino silencio hizo albergar esperanzas en los chilenos en la posibilidad de que los refuerzos llegaban y que por eso los peruanos comenzaban a desaparecer.

Que equivocados estaban. Solo eran momentos de calma para atacarlos con más fuerza.

Los soldados peruanos acompañados por los lugareños comenzaban a ubicarse en los altos de las casas vecinas al cuartel chileno para proceder a dispararles, siendo atacados también por el frente, dejándolos sin posibilidades de escape.

Carrera Pinto ordena una carga con el fin de liberar una salida, lanzándose con sus hombres a la bayoneta entre un tumulto de indígenas. En eso estaba cuando un disparo que le atraviesa el brazo izquierdo lo hace caer, siendo recogido por sus hombres y se retiran al cuartel.

Los disparos desde las alturas no dieron el resultado esperado, lo que obligó al jefe peruano a pensar como podrían hacer salir a los chilenos del cuartel para batirlos. La solución que se encontró era la de rociar el cuartel con líquidos inflamables y prenderle fuego, así el humo los obligaría a salir o en el mejor de los casos morirían carbonizados.

No tardaron en ejecutar el plan. El cuartel en llamas no era seguro para sus ocupantes, por lo cual  Se lanzan cargando sobre la indiada que los esperaba a la salida. En dicha carga, el teniente Ignacio Carrera Pinto es herido de muerte junto a varios de sus hombres, obligando al resto a volver sobre sus pasos al cuartel en llamas.

El diario peruano el Eco de Junín, se refiere a este hecho:

"Este jefe murió heroicamente defendiendo el puesto que le había sido confiado, dando ejemplo de valor a sus subalternos, que se batieron hasta el último momento, haciendo frente a nuestros soldados que competían en arrojo y decisión con enemigos dispuestos a vender caras sus vidas; peruanos y chilenos lucharon con denuedo y encarnizamiento."

Poco o nada se podía hacer, mientras tanto en el medio del combate, la cantinera chilena daba a luz a un varón dentro de un cuartel que se incendia y que sofoca a todos sus moradores.

Muerto el teniente Ignacio Carrera Pinto, al mando de la 4º compañía queda ahora el subteniente Julio Montt Salamanca. Rodeados por el fuego, la indiada y los disparos enemigos desde los techos colindantes muere este joven oficial de solo 18 años en la puerta del cuartel cargando a la bayoneta.

La noche ya había caído sobre el poblado y continuaba el combate. Los indígenas trataban de hacer forados en el cuartel para atacarlos desde allí o tratar de ingresar al recinto. Los pocos defensores que quedaban cubrían los agujeros con los mismos cuerpos de sus enemigos que caían al tratar de entrar.

El Coronel Gastó se ve preocupado por la situación. Por un lado le desconcertaba lo que el consideraba una inútil resistencia de sus enemigos, pero también veía con preocupación que los indígenas estaban prácticamente incontrolables, muchos de los cuales en el calor de la batalla se habían dedicado al saqueo de algunas casas del lugar, entregándose a la  ingesta de alcohol.

Ahora le toca el turno de mando al subteniente Arturo Pérez Canto quien con sus hombres se da maña para sostener el ataque hasta el amanecer. Aunque sin esperanzas y cansado de tanto batallar, se lanza contra los enemigos siendo acribillado en el lugar.

Quedan solo cinco sobrevivientes. El subteniente Luis Cruz Martínez, joven que no llegaba a los 18 años de edad y cuatro soldados, todos ellos alentados por las mujeres que los acompañaban. Se llegó a la conclusión de que ya no había más que hacer, solo restaba seguir los pasos de sus superiores y elevar una plegaria para que las mujeres sean respetadas luego de la muerte de todos los soldados.

Sin municiones,  sin alimentos, el joven oficial junto a sus soldados se lanza en pos de la muerte. Era el fin de la guarnición chilena apostada en Concepción. Fueron brutalmente asesinados por la indiada, procediendo luego de darles muerte a desvestirlos, descuartizarlos y repartirse los restos como trofeo. El coronel Gastó nada pudo hacer para controlar el furor de los montoneros.

Las mujeres y los niños no corrieron mejor suerte, siendo sacadas del cuartel aun humeante por la indiada descontrolada, arrastrándolos a la plaza, para proceder a desvestirlas, matarlas y mutilarlas y usarlas de adorno en las puntas de sus lanzas. Aunque los oficiales peruanos trataron de detener esta carnicería, nada pudieron hacer contra el ímpetu indígena.

Destruida la guarnición chilena tras más de diecinueve horas de combate las fuerzas peruanas abandonaban el poblado dejando tras ellos un pueblo sembrado de cadáveres, sabían que el grueso del Ejército chileno estaba cerca. Su misión ya la habían cumplido. La guarnición chilena apostada en Concepción había sido completamente aniquilada. Eran las 9:30 A. M. del día 10 de Julio de 1882.

El siguiente es el relato del soldado Marcos Ibarra D., del Batallón 2º de Línea a su llegada a Concepción:

"Llegamos a las seis de la tarde a la entrada del pueblo La Concepción. Mi Coronel Canto se sorprendió de que todas las habitaciones estuvieran cerradas y no se veía un ser viviente. Hizo hacer alto la marcha y que cargáramos el rifle Comblain. Hizo avanzar a los Carabineros de Yungay a hacer un reconocimiento a la plaza, antes de un minuto llegó un ayudante de campo diciendo que en la plaza se encuentra un cuadro horroroso de muertos, entonces avanzamos y nos impusimos. Había perecido toda la 4º Compañía del  Batallón Chacabuco 6º de Línea. Esos valientes hombres, se batieron hasta quemar el último cartucho contra 2000 cholos serranos bien armados. Los chilenos pelearon del 9 hasta el 10 de julio. Un corneta, una mujer chilena con una guagua estaban traspasados por balas, flechas y lanzas. Estas víctimas se encontraron en medio de los cadáveres."

Al llegar pocas horas después los hombres del Coronel Estanislao del Canto al poblado de Concepción, se dan cuenta de lo macabro del espectáculo ante sus ojos. El cuartel aún humeante seguía consumiéndose por las llamas, encontrando en la plaza los restos mutilados de sus compañeros.

La caballería es enviada en persecución del enemigo con la orden indiscutible de no tomar prisioneros. No se salvó nadie que se haya atravesado en su camino.

Las casas de los ciudadanos que colaboraron con las tropas peruanas fueron incendiadas y sus dueños fusilados.

Mientras tanto en Concepción el comandante del regimiento Chacabuco don Marcial Pinto Agüero, al verse imposibilitado de llevar los cuerpos a Chile, ordena extraer los corazones de los cuatro oficiales, los cuales reposan hoy en la Catedral de Santiago. Luego se prendió fuego a la iglesia, cuyos restos sirvieron de sepultura para la 4º compañía, las mujeres y los niños que habían estado apostados en Concepción.

Visto los resultados de la defensa del poblado por la 4º Compañía del Chacabuco, el comandante de dicho Batallón, Coronel Marcial Pinto Agüero, tomando como ejemplo a sus hombres, decreta la siguiente Orden del Día:

"Soldados del Ejército del Centro; Al pasar por el pueblo de Concepción, habéis presenciado el lúgubre cuadro de escombros humeantes, cuyos combustibles eran los restos queridos de cuatro oficiales y setenta y tres individuos de tropa del batallón Chacabuco 6º de Línea. Militares de manos salvajes fueron los autores de tamaño crimen; pero es necesario que tengáis entendido que los que defendían el puesto que se les había confiado, eran chilenos que, fieles al cariño por su patria y animados por el entusiasmo de defender su bandera, prefirieron sucumbir antes que rendirse.

Amigos chilenos; si os encontráis en igual situación a la de los setenta y siete héroes de Concepción, sed sus imitadores; entonces agregareis una brillante página a la historia nacional y haréis que la efigie de la patria se muestre una vez más con semblante risueño simbolizando en su actitud los hechos de sus hijos.

Soldados: seguid siempre en el noble sendero del deber, con entusiasmo y abnegación; conservad la sangre fría y el arrojo de los Caupolicanes y Lautaros; sed siempre dignos de vosotros mismos y habréis conseguido la felicidad de la Patria.

Chilenos todos: ¡Un hurra a la eterna memoria de los héroes de Concepción! "

El combate arrojó como un triunfo para las tropas peruanas comandadas por el valiente General Cáceres, y una muestra más de la decisión y patriotismo del soldado chileno.

 


 

 

 

 

 

 

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